jueves, 31 de marzo de 2016

La insólita historia de Sautuola y Altamira


Un ensayo histórico de Alexis Pardillos
 
Corría el año 1875. D. Marcelino Sanz de Sautuola era un hombre culto y de gran curiosidad por el conocimiento, especialmente por la Historia y por todo aquello que le rodeaba. Pertenecía a una acaudalada familia montañesa cántabra y en su formación no habían faltado los medios para dotarle con una excepcional educación para la época y con unas exquisitas y refinadas formas aristocráticas.
Disponía Sanz de Sautuola de entusiasmo, conocimiento, contactos, tiempo y dinero, que era todo lo que en esos momentos hacía falta para emprender aquellas maravillosas y pioneras expediciones científicas que, durante todo aquel siglo XIX y principios del XX, fueron dando a conocer tantas maravillas de este mundo que habitamos.
 
 
D. Marcelino, que contaba por aquel entonces con 44 años de edad, residía en invierno en Madrid y en verano se alojaba en una casona familiar situada en la villa montañesa de Puente de San Miguel, dentro del municipio santanderino de Reocín. Y fue precisamente aquí donde aquel verano de 1875 escuchó a los paisanos del lugar hablar sobre el descubrimiento realizado, unos años antes, por un cazador que casualmente, y buscando a su perro extraviado, halló, tras unas piedras, una inmensa y majestuosa cueva en los prados de Altamira, en el vecino término municipal de Santillana del Mar.
Así fue como, ni corto ni perezoso, decidió don Marcelino emprender la aventura de localizar e investigar aquella portentosa oquedad, por si en ella pudiera hallar restos fósiles prehistóricos, tal y como era la tendencia científica en aquellos años del XIX.
El resultado fue verdaderamente satisfactorio, encontrando el investigador algunos restos fósiles de animales y algunas piezas de sílex talladas, que posteriormente su colega y amigo el geólogo Juan Vilanova, de la Universidad de Madrid, experto en arqueología y Prehistoria, pudo autenticar e identificar como huesos de bisonte, ciervo megacero y caballo primitivo. Además don Marcelino pudo además vislumbrar lo que parecían ser algunas formas rudimentarias pintadas con un pigmento color negro, pero a las que en un principio no atribuyó demasiada importancia.
Con aquellas satisfacciones quedó Sautuola contento, dejando de lado el tema de Altamira para dedicarse a otras cuestiones, tapiando la entrada de la cueva para su protección de los chiquillos, sin saber lo que en lo más cenital de aquellas salas cavernosas el destino le estaba reservando.
Tres años más tarde, en el año 1878, y en una sociedad en la que cada vez se hacía más candente el interés por el conocimiento del origen del hombre y en general de nuestro pasado, Sautuola visita la Exposición Universal de Paris, en donde se consolidan dos recientes disciplinas científicas: la Antropología y la Arqueología Prehistórica.
 
 
Es allí donde Sautuola queda de nuevo fascinado por lo avanzado en aquellas disciplinas históricas y por la cantidad de objetos prehistóricos que en la exposición se exhiben, y donde vuelve a resurgir su interés por las Cuevas de Altamira, pensando que su primera intervención fue vaga y que debería volver a realizar alguna nueva prospección para profundizar en sus investigaciones e intentar encontrar nuevos vestigios arqueológicos que encumbren el Patrimonio Español en aquellas inauguradas nuevas ciencias.
Así pues, en 1879 reanudó sus incursiones por la caverna santanderina asesorado esta vez por su colega Vilanova y por Édouard Piette, un francés, nuevo erudito en Arqueología y Prehistoria.
En estos tiempos y en cierta ocasión, don Marcelino decidió llevar a la cueva  a su pequeña hija María, de 8 años de edad. Mientras el padre excavaba en el suelo de la gruta en busca de restos fósiles, su hija correteaba y jugaba por aquellas oscuras galerías a la luz de un quinqué. Fue entonces cuando, y así lo contaba Sautuola, tras decidir alumbrar el techo de cierta parte de la cueva, la pequeña María absorta y sorprendida exclamaba: ¡¡ Papa, mira ahí hay bueyes pintados !!
Don Marcelino levantó la cabeza y observó, de repente, la más majestuosa obra pictórica que jamás había podido contemplar. Quedó completamente atónito y perplejo, no era para menos,  acababan de descubrir la “Capilla Sixtina” del Arte Prehistórico.
Bisontes, toros, caballos, todos ellos plasmados con un inusitado realismo y con un fascinante y colorido policromado, fantásticos, dignos de ser contemplados y admirados por toda la Humanidad presente y la que hubiera de venir.
Tras observar el prehistórico retablo y emocionado por el hallazgo, don Marcelino coge a su hija de la mano, monta en su carro y corriendo se dirige a su casa, desde dónde comienza su ardua campaña para comunicar el hallazgo a la comunidad científica.
 
 
 
Tras sus primeras comunicaciones, la mayoría de los expertos, escépticos por el hallazgo, comienzan a ultrajar y a vilipendiar a Sautuola, tachándole de farsante, diciendo que aquellas pinturas las pintó él o algún conocido suyo.

Incrédulos aquellos que no supieron ver y admirar en primicia aquella maravillosa multitud de fauna pintada con pigmentos naturales que ahora es sueño y deseo inalcanzable de casi cualquier individuo de la propia especie humana.

D. Marcelino Sanz de Sautuola, ante estas vicisitudes tomo las decisiones de un hombre cabal, fiel a sus principios  y comprometido en todo momento con la Ciencia, incluso sabiendo que no sería un camino fácil y que encontraría, quizás, multitud de detractores por el camino. 

Pero, ¿hasta qué punto llegó D. Marcelino a sacrificar su vida por Altamira en aquella su última etapa de existencia?

Primeramente contó D. Marcelino su descubrimiento a su amigo Juan Vilanova, nada más viajar a Madrid, el cual, cauto aun por la magnificencia y la exhalación de virtud que el cántabro profería, no quedó convencido y admirado por el descubrimiento hasta que no lo vio con sus propios ojos, en cuanto tuvo oportunidad para viajar al norte de la península.
 
 
 
Posteriormente lanzó Sanz de Sautuola su descubrimiento y trabajo “Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander”, (Santander, 1880), en diversas publicaciones de toda Europa. El efecto fue devastador. La comunidad científica de pleno se opuso a admitir tal barbaridad histórica para aquella época en la que pensaban que el hombre primitivo, el que pudo haber habitado en muchas cavernas, era un mono tonto, sin capacidad de raciocinio ni sentimientos ni sensaciones.

Cartailhac, Mortillet y Virchov, entre otros, autoridades a nivel mundial en el tema de la Prehistoria, se negaron a aceptar aquella que era una Gran Verdad Universal. Que aquello, decían, no podía ser más que la obra de algún farsante o algún loco.

Ya en 1880, en Lisboa, en un congreso, con la “créme de la créme” europea del mundo de la Prehistoria y la Arqueología, fue, junto a su amigo Vilanova, su acérrimo defensor, humillado y vilipendiado por aquella multitud de ingratos.

Pero D. Marcelino, que era todo un caballero español, supo aguantar estoicamente, no solo este tipo de ofensas injustas sino muchas otras que no fueron capaces, de ningún modo, de eclipsar su constancia y la magnitud de su hallazgo.

En cualquier caso falleció en 1888 D. Marcelino Sanz de Sautuola, sin ser reconocido su descubrimiento. Unos años más tarde comenzaron a encontrarse, en territorio francés, cuevas con grabados, similares en técnicas pero nunca en grandeza a las halladas por Sautuola. La Mouthe (1895), Les Combarelles  y Font de Gaume (1901), Marsoulas (1902), La Calevie y Bernifal (1903) y La Greze (1904).

La comunidad científica al unísono se rindió ante lo que era ya una evidencia irrefutable de que Altamira podía albergar el más maravilloso de los retablos prehistóricos del mundo, intuyendo que el hallazgo que D. Marcelino y su hija descubrieron aquel  verano de 1879 iba a resultar finalmente cierto.

Cartailhac, simbólicamente en nombre de aquella equivocada y soberbia comunidad de científicos, junto con Breuil, un cura de la nueva escuela, visitaron a la ya joven María, hija del buscador cántabro. Tras permitirles ésta el paso a la gruta e inspeccionar la Cueva de Altamira, Cartailhac, en el fondo hombre justo, no dudo en rehabilitar  la memoria de Sautuola desde la Ciencia, ante su propia tumba y ante su hija, primero, y posteriormente ante la sociedad.
En 1909 publican, estos dos últimos expertos en Prehistoria, el trabajo Las primitivas pinturas rupestres : estudio sobre la obra de La caverne d´Altamira.
El nombre de D. Marcelino Sanz de Sautuola, escrito en letras de oro permanece desde entonces en los anales de la Historia, como descubridor que fue, junto con su hija, de los Gloriosos y Universales grabados de arte rupestre de las Cuevas de Altamira en Santander, Cantabria, España.
 
 
 
En homenaje póstumo a D. José Antonio Lasheras, Director que fue del Museo y apasionado de las Cuevas de Altamira, que nos abandonó esta pasado febrero y, por su puesto, también en Memoria del mismísimo D. Marcelino Sanz de Sautuola, un hombre adelantado a su tiempo e injustamente tratado en aquellas épocas llenas de ignorante  e intransigente soberbia.

viernes, 15 de enero de 2016

Catalina, el cometa que se avecina

ENÉSIMAS NUEVAS
Alexis Pardillos
Fuente: NASANET, El Mundo

El cometa "Catalina" en octubre de 2015
Imagen: M.P. Mobberley
 
Comenzamos el año con un acontecimiento y efeméride de excepción, la visita de un emisario que viene del extremo más alejado de nuestro sistema solar. Se trata del cometa Catalina (C/2013 US10), un peculiar objeto cometario que, descubierto el 31 de octubre de 2013, viene surcando nuestro firmamento, dejando tras de sí un espectáculo de luz, energía y, lo que es más práctico e interesante, de información vital para el conocimiento de los orígenes de nuestro sistema estelar.
El Catalina, que alcanzó su distancia más cercana al Sol (perihelio) el 15 de noviembre del pasado año, aproximándose a nuestra estrella a unos 123 millones de kilómetros, desarrolla una órbita hiperbólica por lo que solo pasará una vez cerca del sol a lo largo de su indefinida existencia y, este 17 de enero próximo, alcanzará su máximo acercamiento a la Tierra o perigeo, pasando a unos 108 millones de kilómetros de nuestro planeta.

Este tipo de cometas se catalogan como “no periódicos” y se les atribuye la letra  C en su nomenclatura técnica, tal y como es el caso.
El tamaño del cometa, que se estima en unos 10 kms. de diámetro, y las distancias establecidas, facilitarán una magnitud de observación en torno a +5 los próximos días, la suficiente como para poder ser observado a simple vista, aunque la evolución de la misma no es del todo precisa.
Ese día 17 de enero, ya muy próximo, el cometa se podrá localizar entre las estrellas de Mizar y Alkaid, en la inconfundible constelación de la Osa Mayor, unas horas antes del amanecer.
Los cometas son rocas con hielo y polvo que se trasladan por el sistema solar siguiendo escalofriantes órbitas de gran excentricidad que van más allá de las definidas por los propios planetas. Su origen se atribuye, principalmente,  a dos áreas del sistema solar, la Nube de Oort,  a aproximadamente un año luz de distancia de nuestra estrella y al cinturón de Kuiper, más allá de la órbita de Neptuno.
A medida que los cometas se acercan al sol, y debido al calentamiento de su composición, se va generando una coma o especie de atmósfera gaseosa a su alrededor y dos largas colas, manifestación de la sublimación de aquellos hielos y de la emanación de sus gases y sucio polvo. Mientras que la cola producida por la sublimación del hielo se emite en dirección contraria al sol, la de polvo adquiere una posición ligeramente diferente en función de la inercia orbital.
Habiendo abandonado la Nube de Oort, donde se gestó y por donde deambulaba lentamente hasta su precipitada salida hacia nuestro astro rey Sol por algún fenómeno violento extraordinario que cambió su órbita, es el primer conocimiento que se tiene de la existencia de este cometa y, una vez nos sobrepase, no volveremos a saber de él jamás, pues continuará su indefinido viaje más allá de los límites de nuestro sistema planetario,  hacia los confines de éste mágico, misterioso e infinitamente inmenso Universo del que formamos parte.
 
La Nube de Oort, que son los restos de la condensación de la original y primigenia nebulosa solar, alberga una inmensa concentración de cometas en el espacio más extremo  de nuestro sistema solar, pero sin abandonar completamente éste.
Así pues, nuestro sistema planetario se compone de dos partes bien diferenciadas, la más interior, que alberga la estrella y los planetas, y esta inmensa área, que envuelve, en la distancia, todo este maravilloso sistema de objetos cósmicos que giran en torno a nuestro sol.
 
Recorrido previsto del cometa Catalina en Diciembre´15 y Enero´16
 Fuente: Sky and Telescope
 
Si las condiciones atmosféricas lo permiten, podremos, desde España, observar este primer gran acontecimiento astronómico del año, que esperemos nos traiga, además de toda esa útil información para conocer un poco más el origen de nuestro sistema solar, luz, fuerza y armonía celestial para estos agitados y complicados tiempos que corren, aquí, en este pequeño,  alterado y ya herido planeta llamado Tierra.
 
¡ Que la fuerza cósmica del Catalina os acompañe !
 
 
 
 

sábado, 14 de noviembre de 2015

HOWARD CARTER Y LA MALDICIÓN DE TUTANKAMÓN

Un ensayo histórico de Alexis Pardillos
Publicado en  www.conspiracionomentira.es el 29/9/2015





Tebas.  Egipto. Hacia 1354 a.C.

Tutankhatón, miraba al cielo desde un lujoso y emperifollado palco colgado en lo más alto de aquel imperial palacio faraónico y clamaba ante Amón y ante el pueblo en aquella exótica y jeroglífica antigua lengua egipcia:

-“¡Oh Amón que has reinado en la sombra durante estos últimos pero largos  años, oculta por los desviados pensamientos del que fue, oh Amón, antecesor mío! ¡Oh Amón, tú que me elegiste como emisario tuyo ante este pueblo noble y digno de los frutos con que sacias nuestro orgullo y nuestras despensas! ¡Oh Amón, desde este mismo momento todo ser viviente  deberá llamarme Tutankamón, en tu honor y presencia y Anksenpatón, mi esposa, será llamada por el nombre de Anksenamón, por tu misma gloria y causa!... “

Tutankamón era  el faraón de Egipto. El fue el elegido en vida  por Akenatón, gran faraón de faraones, emisario de los dioses, para llevar a cabo la gran tarea de dirigir aquel gran pueblo que florecía fértil en los márgenes del sagrado río Nilo.  Al fin y al cabo el era su propio hijo, aunque con otra fémina diferente a Nefertiti.

El joven rey  no solo había vuelto a rescatar el culto politeísta y la veneración suprema a Amón, desmoronando el legado monoteísta dejado por su padre y suegro Akenatón, el resplandor de Atón, dios del sol, sino que además trasladó de nuevo la capital de aquel Imperio Egipcio a  Tebas, de donde parecía no tenía que haberse nunca debido mover.

Aquella postura de Akenatón, bautizado Amenofis IV, de idolatrar solo a un dios, Atón, en la que incluso se llegaron a prohibir y destruir los iconos de otras deidades, venía en detrimento de la descentralización del poder en los sacerdotes y la burocracia que la diversificación de dioses generaba y que se había instaurado hegemónicamente en aquellos reinados de la dinastía XVIII.

Muchos fueron los que, al fallecer Akenatón, contentaron cuando su sucesor, Tutankhatón, renegó de ese monoteísmo y, ya Tutankamón, volvía a proclamar la liberalización de la veneración a múltiples dioses, otorgando de nuevo la relevancia que tenían a todos aquellos sacerdotes y funcionarios de la burocracia real faraónica.

Pero había alguno de ellos que todavía quería más…
La conspiración estaba ya organizada. Todos los protagonistas sabían cuál era su papel. Eje había sido sumo sacerdote durante el reinado pleno de Akenatón. Tras su máscara de fiel sumiso a la dinastía monárquica se escondía un pagano lleno de ansías de riqueza y poder. Todo giraba en torno a un solo Eje, y Teje era su esposa.
Aquel día Eje había convocado a unos agricultores para que en sus carruajes tirados por caballos mostraran la cosecha de uva recogida, con la cual se elaboraría el delicioso y bacanal vino, para sentido y regocijo de la corte y sacerdocio.
Era un día gris de la estación Shemu, los ibis iban ya migrando al Sur, hacia lugares más cálidos.
Eje había invitado a Tutankamón a presenciar la exhibición vitícola, y honroso, aunque inquieto, el faraón había aceptado la invitación del sumo sacerdote. Y allí mismo, al lado de palacio había quedado el sumo sacerdote con el joven reinante. Y allí se personó, con la puntualidad que le caracterizaba, el ingenuo faraón. No se imaginaba Tutankamón lo que momentos más tarde iba acontecerle.
Un carruaje de dos ruedas tirado por un caballo se aproximaba desbocado hacia el lugar señalado. El faraón, incauto, asido al hombro por Eje, infame protector, que parecía tenerle agarrado con seguridad, se sintió, por un instante, protegido. Lejos, no obstante, aquel, de querer proteger al endeble y real púber, le propició un empujón hacia delante a la vez que le ponía una vil zancadilla. Magnicida y faraónica zancadilla.
Tan mala desgracia tuvo Tutankamón que justo al hincar sus sagradas rodillas en la dura piedra, justo en el mismo momento en que su cabeza levitaba dudosa hacia qué sentido dirigir su caída, en ese preciso instante, el carro, desbocado, pasaba fulgurante, como una centella, por delante de aquel  séquito, repleto de uvas, y de muerte. Aquella gruesa y vetusta rueda golpeaba brutalmente el débil y joven cráneo del faraón.
Y aquel destino no había sido propiciado por los dioses. Aquellas ruedas habían sido giradas por el mismo Eje.
Todo se definió como un accidente, un tropiezo. Menudo tejemaneje el de Eje y Teje. Se habían cumplido sus deseos.  ¡Qué mala uva!
Así pues,  Anksenamón, como no había tenido descendencia con Tutankamón,  lógico por su corta edad, ahora cumpliría quince años, tenía un plazo de setenta días para encontrar un esposo si quería continuar con la dinastía. Setenta eran los días que duraba el embalsamamiento,  tras los cuales se procedía a la sepultura y enterramiento.
Parece que Eje no quería dejar ni siquiera testigos futuros del brutal crimen y encargó a los científicos más eruditos del momento la elaboración de algo muy especial. Era el ántrax de los egipcios, capaz de provocar sofocantes y ralentizadas muertes. Entre los bálsamos y resinas para la momificación parece que pudieron introducir ciertos organismos que más tarde podrían tener consecuencias nefastas en quienes estuvieran a ellos expuestos. Por otro lado sería una manera de propiciar el sosiego de los muertos y, desde luego, lo era para legitimar las maldiciones de los faraones, algunas de ellas, al menos, como la presente, intrigante.
A pesar de los esfuerzos de Anksenamón por encontrar marido entre los hijos de Schupiluliuma, rey de los hititas, el tiempo y manos negras consiguen el retraso de cualquier matrimonio, con lo cual Eje se erige como faraón junto a Anksenamón y Tutankamón es discreta, pero faraónicamente, enterrado, eso sí repleto de arte y mucho oro.
De rodillas, junto a la entrada del faraónico sepulcro, en aquella antesala, quedaba Anksenamón postrada en solemne despedida de su amado y hermanastro esposo. Y allí mismo, a los pies de la puerta, depositaba un ramillete de silvestres y aromáticas flores, para que su frescura y olor le acompañaran allá donde ahora iba a dirigirse, a ese misterioso y mágico mundo de los muertos.
No queriendo fervientemente Eje que se profanara la tumba, en un nuevo intento de ocultamiento de las circunstancias del dramático acontecimiento, imprime en varios sellos mensajes disuasorios en aquel simbólico lenguaje jeroglífico, avisando, de alguna manera, de aquel mejunje fúngico al que se enfrentaría el que osara profanar el faraónico sepulcro…
 
Bad Swalbach. Alemania. Hacia 1900 de nuestra Era.
 
Un carro tirado por dos bueyes obstaculiza una carretera estrecha, de esas por las que casi nunca pasa nadie, pero que en esta ocasión venía siendo transitada, aproximándose a gran velocidad, uno de aquellos modernos y flamantes vehículos de motor que habían revolucionado las capitales europeas a principios del siglo XX. La carretera era recta y justo donde se encontraban los bueyes estaba semihundida a consecuencia de un profundo socavón. El conductor, que no vio la escena hasta que no se encontraba a escasos metros de la misma, debió, a su encuentro, dar un volantazo, precipitándose contra un murete de piedras amontonadas en la cuneta. Los pasajeros eran foráneos de aquellas tierras germanas. Uno de ellos, el copiloto, que logró salir primero del vehículo, sacó al conductor, que se hallaba, sin conocimiento, aprisionado entre la ligera estructura del aparato y el montículo pedregoso. Una garrafa de agua sobre su cabeza bastó para volver a reanimar el corazón de aquel turista de cuatro ruedas.
El turista era Lord Carnarvon, un adinerado miembro de la Merry Old England británica. De su padre había heredado una inmensa fortuna y se dedicaba a vivir la vida como un playboy, viajando y disfrutando de todos los lujos y caprichos que en aquella época un humano se podía propiciar. Ya desde su invención, los coches habían sido su devoción y, experto conductor, era raro el verano que no recorría con su vehículo, siempre de última generación, los confines de aquella Europa de la belle-époque. El copiloto, su fiel mecánico, que siempre le acompañaba, en esta ocasión, había salvado su vida.
Lord Carnarvon sobrevivió a este accidente pero su salud quedó notablemente dañada. Su médico le recomienda, así pues, que viaje a Egipto, ya que el clima de El Cairo, con una humedad relativa del aire bastante baja, era ideal para convalecer dolencias como la suya.  Dicho y hecho. En 1903 Lord Carnarvon pasa su primer invierno en El Cairo. El contacto sobre el terreno y la curiosidad de Carnarvon hacen de él un experto aficionado a la Arqueología. Así pues, imaginen, con todo su capital, se convierte en todo un mecenas de la investigación histórica.
Howard Carter era un Arqueólogo con mucho entusiasmo. Llevaba excavando en Egipto desde 1890. Carter, que había nacido en Londres en 1873, fue miembro de la Misión Arqueológica de Egipto y nombrado Jefe de la Sección de Antigüedades.
Ya había descubierto dos tumbas en el Valle de los Reyes para el norteamericano Theodore Davis, pero lo infructuoso de las excavaciones durante los primeros años del siglo XX hicieron desistir al americano y Carter se adhirió a Carnarvon, que buscaba ansioso financiar alguna relevante aventura.
Carter y Carnarvon buscaron incansablemente la tumba de Tutankamón. El profesor presumía que sabía su ubicación, en una triangulatura mágica,la formada por las tumbas de Ramses II, Merempta y Ramses VI, dentro del colosal Valle de los Reyes. Una caja y unas vasijas de barro encontradas para Davis delataban la existencia de aquel miembro de la realeza en las proximidades. Y lo buscaron y buscaron durante siete largos años. Pero no hallaron nada.
 

El Cairo. Egipto. 4 de Noviembre de 1922

Un hombre se aproxima a unas ruinas a lomos de un mulo. Era Howard Carter. Con aquella puntualidad británica con que acostumbraba se dirigía, como cada mañana, a la excavación en curso. En este caso la excavación fue emprendida el 28 de octubre, sin Lord Carnavon, pero con su esencia, que era de una importancia capital.  La zona elegida para realizar la zanja partía desde aquella tumba de Ramsés VI.
Bajo los pies de la tumba de aquel faraón, Carter, había encontrado, años atrás, los cimientos de pedernal de las chozas donde parece residieron los obreros que dieron forma a aquellas  funerarias construcciones.

Las zanjas que se habían emprendido hacia el Sur de aquella tumba de Ramsés VI atravesaban cierta parte de aquellos cimientos y no era extraño que en su trazado se encontraran con alguna sorpresa.
Y aquel iba a ser el día elegido por el destino para avanzar los primeros escalones hacia el sepulcro de Tutankamón.
El capataz de la excavación corría hacia el arqueólogo y éste, nada más bajar de su equino, recibía la grata noticia. El equipo de excavadores acababa de encontrar una escalera de roca.
El hallazgo dentro de aquella triangulatura iba a suponer un descubrimiento redondo, tal y como Carter había cuadrado. Sería de lo más hablado dentro del círculo.
Y esta iba a ser la escalera de acceso a tan enigmática embajada. Probablemente el mayor descubrimiento que el británico iría a realizar en su vida.

A lo largo de los días fueron despejando peldaños de aquella escalera hasta llegar a una magnífica puerta que parecía no haber sido profanada, hasta ese momento. En la misma, grabado, el símbolo del Valle de los Muertos, un chacal y nueve prisioneros.
Howard Carter esperó a que su patrón volviera de viaje antes de proseguir con las excavaciones, tapando el acceso a las mismas. Lord Carnarvon regresó precipitadamente con su hija al recibir las noticias que Howard le había trasmitido por telegrama y el 24 de noviembre, todos presentes, se procedía a la reapertura de lo tapiado.
Al día siguiente se dispuso el fotografiado de los sellos de la puerta y, a continuación, a su rotura. Tras acceder a un estrecho pasillo, se encontraron por los suelos con fragmentos de vasos de alabastro y de sellos. Parece que la tumba había sido abierta y vuelta a sellar, para no delatar su profanación. Unos diez metros más adelante encontrarían otra puerta. En esta ocasión la precintaban sellos de la Ciudad de los Muertos y también del mismísimo Tutankamón y, posteriormente, se comprobó que ésta sería la antecámara a otra cámara principal. Carter agujereó el lado superior izquierdo de aquel muro y tras introducir una vara y una vela, para verificar la inexistencia de gases esta última, asomó su cuerpo por el pequeño agujero alumbrando el interior con la débil candela.


-          ¿ Ve Ud. algo, Carter? – Preguntó Carnarvon.

-          Si, maravillas. – Respondió el absorto Carter.

Una gran copa de alabastro, carros volcados con adornos en oro y cristal, lechos de oro, urnas, una estatua y un sitial de oro. No había ningún sarcófago. Todo se inventarió convenientemente. Todo salvo un objeto. Una tablilla de arcilla donde aparecían unos jeroglíficos que se había encontrado en la antecámara. Cuando se tradujo el contenido del mensaje se borró todo rastro de la existencia de la misma y final y misteriosamente se perdió. La traducción de la inscripción decía así:

LA MUERTE GOLPEARÁ CON SU BIELDO A  AQUEL QUE OSE PERTURBAR LA MUERTE DEL FARAÓN

No había que hacer caso a mensajes disuasorios de esta índole y, además, bajo ningún concepto el equipo de trabajadores egipcios debía conocer la existencia de aquella tablilla. En alguna ocasión las supersticiones locales habían frustrado alguna excavación en su momento más álgido debido a malditos mensajes como este.
Tras aquella antecámara estaba la cámara principal. Nadie sabía si allí se encontrarían los restos de aquel joven faraón, Neb-jeperu Ra Tut-anj-Amon, que comenzando su reinado a la tierna edad de 12 años, mantuvo el poder hasta el momento de su traumática muerte, seis años más tarde, cuando contaba con tan solo 18.

Éste iba a ser el descubrimiento arqueológico del siglo. Carter había reunido a un grupo multidisciplinar de técnicos y autoridades. Arqueólogos, fotógrafos, dibujantes y especialistas en diversas disciplinas, además de diferentes personalidades como el Ministro de Obras Públicas egipcio, el director general y el inspector general de la Administración de Antigüedades y el director de la sección de Egiptología del Metropolitan Museum de Nueva York.  En total se reunieron en aquella experiencia 20 personas. El London Times iría a cubrir en exclusiva el descubrimiento. Ninguno de ellos se imaginaba lo que iba a acontecer en los tiempos inmediatamente posteriores.

El 13 de febrero de 1923 se procedía a abrir la cámara principal. Carter y Carnarvon, a golpe de escoplo y martillo, hicieron un pequeño agujero. Tras asomar sus cabezas solo pudieron ver una cosa a su alrededor, oro. Eran paredes de oro las que forraban este majestuoso pero pequeño habitáculo, de apenas 5 metros de largo por unos 3,3 de ancho. En su interior, cuatro capillas recubiertas de oro encajadas unas dentro de otras. Y en la más interna de aquellas capillas, un gran féretro de oro reposaba, majestuoso, inerte, dormido. Cuando con mucha suavidad el dorado sepulcro se abrió apareció en su interior otro féretro de dimensiones inferiores a este primero, y dentro, otro de oro macizo. Dentro se hallaba el faraón, protegido, aun más, con su deslumbrante máscara, también, de oro.
La gran sorpresa de los intrépidos arqueólogos fue comprobar que los sellos de aquellos últimos féretros estaban intactos. Nadie hasta ese mismo momento había visto lo que instantes más tarde iban a contemplar.

Eran momentos intensos. Desde que entraron en aquella cámara habían experimentado ambos, Carter y Carnarvon, un extraño estado de conciencia. Una ensoñación onírica inundó, por momentos, sus sentidos. Todas las puertas de la venerable tumba se iban abriendo hasta que al final, tras la última puerta, salía el faraón de su sarcófago, a su encuentro…

Y allí se encontraba, más de tres mil años después. Los restos mortales de aquel inquietante faraón estaban muy cerca de ver la luz. El conjunto  se llevó a El Cairo. La tumba se catalogó con el código KV62.
Fueron fechas apoteósicas para unos, terribles y dramáticas para casi todos.

A comienzos de abril de ese mismo año, Carter, recibía la noticia de que Carnarvon había caído gravemente enfermo. Una mañana comenzó a sentirse mal. Tenía 40 grados de fiebre y le azotaban recurrentes escalofríos. Postrado y debilitado, no tardaría la suya en ser la primera extraña muerte que alimentara la existencia de la intrigante Maldición del Faraón Tutankamón. No pasaron más de quince días para que acabara por fallecer. Justo tras el momento de su muerte, El Cairo sufrió un completo y misterioso apagón.
Según su hermana, que allí se encontraba por la gravedad del asunto, su hermano en los últimos momentos desvariaba y no cesaba de nombrar a Tutankamón. Según aquélla, sus últimas palabras fueron “He escuchado su llamada y le sigo”.

Además, según pudo saber su hijo, la perra foxterrier de su padre, que vivía en Inglaterra y que adoraba a su amo, murió, repentinamente, justo a la misma hora en que lo hizo el extrovertido Lord en Egipto.
Ese mismo año fallecía el arqueólogo Arthur C. Mace. Él había retirado la última piedra del acceso a la cámara principal. Nada más morir el Lord inglés, comenzó a sentir un inmenso cansancio, constante, hasta que cayó inconsciente. Murió en el mismo hotel que Carnarvon.

George Jay-Gould, era un multimillonario norteamericano amigo de Carnarvon. Había volado a El Cairo para despedirse de su amigo. Interesado por la tumba le rogó a Carter si podía mostrársela. Dicho y hecho. Carter organizó una excursión por el Valle de los Reyes para concluir con la exhibición de la fascinante tumba.

Al día siguiente, por la mañana, en el hotel, sufría Jay-Gould un acceso de fiebre y al caer la noche, misteriosamente, perecía. Los médicos, reservados en principio, manifestaron posteriormente síntomas de muerte por peste bubónica.
Las noticias de las muertes hicieron correr ríos de tinta. La Maldición de Tutankamón estaba, no solo en la conciencia, sino en boca de todos. Mientras tanto, Carter, proseguía estudiando el yacimiento.

Otro millonario, el industrial inglés Joel Woolf, tras visitar la tumba y embarcar hacía Inglaterra, moría de fiebres a bordo del barco.
Un año más tarde, el radiólogo Archibald Douglas Reed, aquel que cortara el primer trozo de venda de la momia para su posterior examen radiológico, moriría, tras llegar a Inglaterra, de continuados vahídos.

No sería hasta más de dos años y medio después, en noviembre de 1925, cuando se practicara la complicada autopsia de aquella respetable momia. Antes, mientras y después de ir quitando los adheridos vendajes, los forenses, junto a Carter, fueron encontrando multitud de amuletos en los más nobles y refinados materiales. Hasta un total de 143 se hallaron. Y las conclusiones de la autopsia fueron claras. Un adolescente, sin llegar a desarrollarse, de unos 18 años, con unos 1,67 mts. de altura y con un fuerte traumatismo en el lado izquierdo del cráneo que le produjo un coagulo de sangre bajo las meninges, causa evidente de su muerte.
La enigmática leyenda de la maldición seguía fascinando y creciendo.

En muy pocos años, veintidós de las personas que transitaron por aquella tumba faraónica habían muerto en extrañas circunstancias, trece de las cuales habían participado activamente en el descubrimiento.
Arqueólogos, profesores de universidades, expertos, asistentes, iban cayendo afectados por fiebres, embolias, vahídos…

En 1929, la viuda de Lord Carnarvon muere por la que determinan picadura de un insecto.
Y aquella muerte de la perrita, tras morir su dueño en la distancia, no fue la única muerte encadenada. En ese mismo año, 1929, fallece el que fuera secretario de Howard Carter, Richard Bathell. Tras encontrarlo muerto en la cama por una embolia y comunicárselo a su padre en Londres, éste se arrojó por la ventana. El coche fúnebre con los restos del progenitor atropelló, en su recorrido al camposanto, a un niño, que engrosando tristemente la escabrosa lista de muertos, perdió la vida.

Pero más allá de la trascendencia que tuvo aquella concatenación de muertes naturales relacionadas con la maldición de aquel púber faraón egipcio, que realmente fue conmovedora, quedó el descubrimiento que supuso para la ciencia el increíble hallazgo de aquellos restos, tan antiguos pero tan intactos, y todo aquel ajuar, y toda aquella magia que fascinó y siempre fascinará a la Humanidad.

Carter, que no solo sobrevivió a la maldición sino que prosiguió con su tarea de catalogación de las piezas del yacimiento durante casi diez años, finalmente se retiró de la Arqueología dedicándose, posteriormente, a la asesoría de museos y coleccionistas particulares.
En 1931 anunció que viajaría a Asia Menor en busca de la tumba de Alejandro Magno. Todo un entusiasta buscador. No llegó a embarcarse en tal empresa pero la Universidad de Yale, ese mismo año, le concedió el título de Doctor Honoris Causa y la Real Academia de Historia le hizo  miembro honorífico.

En 1936, a la edad de 64 años, Howard Carter fallecería, en Londres, por causas naturales, habiendo esquivado la ineludible mano de la muerte y deslegitimado, de ese modo, la Maldición de Tutankamón.

En 1962, Ezzeddin Taha, Médico biólogo de la Universidad de El Cairo, creyó haber descubierto la verdadera causa de las muertes que enaltecieron la sombra del faraón Tutankamón.
A través del estudio de multitud de casos, pues incluso antes del insigne descubrimiento no eran extrañas las muertes prematuras de arqueólogos por circunstancias desconocidas, y a través de la utilización del microscopio electrónico, en el Instituto de Microbiología, parecía haber detectado diversos agentes patógenos, como el Aspergillus niger.

Estos hongos,  presentes en muchos pacientes que habían manipulado objetos antiguos como momias o papiros, podían ser causa de múltiples afecciones como fiebres o inflamaciones respiratorias. En cualquier caso, y según Taha, todas aquellas muertes ocasionadas por las maldiciones de los faraones podían haber sido combatidas con los actuales antibióticos.

¿Pudieron los embalsamadores preparar entre sus ungüentos formulas magistrales con aquellos hongos patógenos a conciencia de que podrían causar graves daños si se producían exposiciones futuras a los mismos?  ¿Sería algún tipo de radiación isotópica, componente de algún amuleto de los que acompañaba el féretro, responsable de tan repentinas defunciones, como también se llegó a barajar?
Al saber que los sumos sacerdotes eran conocedores de fórmulas y remedios naturales con plantas y raíces, me inclinaría por pensar en el conocimiento, por éstos, de aquellos elementos del reino fúngico nocivos para nuestro organismo, tal y como pudieron deducir en el desarrollo ficticio que humildemente propuse sobre el embalsamamiento de Tutankamón por Eje.

No quedaron, no obstante, todas las extrañas muertes resueltas con aquella teoría patógena del Aspergillus.


El Cairo. Egipto. Invierno de 1962.


La carretera que une El Cairo con Suez es una vía, a través del desierto, de esas por las que casi nunca pasa nadie, pero que en esta ocasión venía siendo transitada por dos vehículos que, aunque ordenadamente, cada cual en su carril correspondiente, se aproximaban el uno al otro. Justo en el momento en que ambos coches procedían a cruzarse en aquel punto de la carretera, justo en el momento en que el alcance de los dos vehículos podía ser peligroso para ambos, uno de los automóviles daba un volantazo a la izquierda e impactaba violentamente con el contrario, que correctamente dirigía su marcha. Los ocupantes de este último vehículo resultaron gravemente heridos. Los tres ocupantes del coche que había provocado el accidente morirían en el acto. El conductor era el médico Taha y los ocupantes dos de sus colaboradores. Según reveló la autopsia, el conductor sufrió una embolia lo que produjo el fatídico desenlace.

 
 





 

martes, 3 de noviembre de 2015

Un primate de 11 millones de años en un vertedero catalán

ENÉSIMAS NUEVAS
Alexis Pardillos
Fuente:  ICP, SA, SINC

Paradojas de la vida. En el lugar donde en la actualidad se ubica el vertedero de Can Mata en la localidad barcelonesa de Els Hostalets de Pierola, hace unos 11 millones y medio de años había mucho más que basura.  

Aspecto de Pliobates cataloniae. Imagen ICP
 
 Aquel lugar  parece que vino a ser, en aquellos tiempos, como un gran vergel boscoso de vegetación y fauna propiciado por un clima cálido y húmedo, con temperaturas subtropicales superiores a las actuales. Más de 75 especies han sido por el momento encontradas en ese maravilloso emplazamiento de la península ibérica, enmarcado geológicamente dentro de la cuenca neógena del Vallés-Penedés, por lo que se viene constatando hasta el momento cuna y, en cualquier caso, gran reducto de aquella prehistórica vida.
Los rellenos de esta cuenca están compuestos por capas intercaladas de ambientes marinos y de transición. Las partes inferiores pertenecen al Mioceno Inferior y  las superiores al Mioceno Medio-Superior.
 

Composición vista aérea Google con plano de las áreas de excavación.

Debido a la riqueza paleontológica, la Administración se vio obligada a intervenir en el vertedero y desde el año 2002 son ya más de 70.000 los fósiles hallados y múltiples las especies de hominoideos descubiertas, claves para ir desentramando la evolución de la que ineludiblemente parece que no podemos escaparnos.
En esta ocasión y tras el análisis exhaustivo de 70 huesos procedentes de una hembra de primate de una constitución de unos 5 kgs. de peso, descubiertos en aquel vertedero en el año 2011, científicos del Instituto Catalán de Paleontología Miquel Crusafont (ICP) revelan que dicho ejemplar viene a ser una especie de nexo entre los homínidos (grandes simios y humanos) y los hilobátidos (gibones y simangs) ambos pertenecientes al grupo de los hominoideos. Los expertos, afectivamente, han llamado "Laia" a aquel individuo.
Los datos apuntan a que la especie vvió hace unos 11,6 millones de años, momento  posterior a la  separación entre monos y antropomorfos pero anterior a la división entre gibones y homínidos.
Se trata de un descendiente tardío de un hominoideo basal. En algún momento del Mioceno Inferior o Medio un antepasado de este Pliobates cataloniae salió de África y se dirigió hacia Eurasia.
El cráneo de este nuevo espécimen hallado es más parecido al de los hilobátidos “tanto en forma general como por algunas características de la base del cráneo exclusivas de los gibones actuales” tal y como señala David Alba, principal autor del estudio, paleobiólogo de aquel instituto (ICP), para SINC.
Con un grado encefálico similar al de los actuales monos y gibones, el Pliobates cataloniae, trepaba lenta y sigilosamente por los árboles, con una gran flexibilidad y capacidad para colgarse por las ramas.
Las huellas microscópicas de los alimentos en los dientes de aquella criatura delatan una dieta frugívora tanto de frutos blandos como duros.

Arbol evolutivo, 1891 (Ernst Haeckel)
 
Lo más curioso del hallazgo es que características del codo y de la muñeca de esta especie son compartidas por hilobátidos y homínidos, lo que delata que todos proceden de un ancestro común. Hasta la fecha parecía que el ancestro común entre homínidos e hilobátidos sería de gran tamaño, ya que todos los hominoideos fósiles así lo eran. Este hallazgo trastoca todo lo que hasta ahora se pensaba.
Ya desde 2002 se han venido encontrando en este vertedero de Can Mata de Barcelona diferentes especies hominoideas, Pierolapithecus catalaunicus, apodado cariñosamente “Pau”, descubierto aquel mismo año, Anoiapithecus brevirostris en 2009 y Pliopithecus canmatensis hallado en 2010, que fue un miembro de la superfamilia de los pliopitecoideos, un grupo de simios del Viejo Mundo extintos que preceden a la divergencia entre cercopitecoideos (monos) y hominoideos (antropomorfos).
 

Pierolapithecus catalanicus, "Pau", hallado en 2002 / Imagen Todd Marshall / Science


Además se han localizado restos, en este paradisíaco yacimiento, de gran cantidad de especies animales, hasta ahora un total de 75,  pertenecientes a otros grupos faunísticos, entre las que cabe destacar, Gomphoterium angustidens, Deinotherium giganteum, Prolagus oeningensis, Dorcatherium, Anchitherium, Alicornops simorrensis, Micromerys flourensianus, Euprox furcatus, Miotragocerus sp., Chalicotherium,  etc…

Para profundizar en la fauna y las características de este maravilloso enclave prehistórico os recomiendo el estudio del CSIC que podéis consultar AQUÍ.
¡¡ Enhorabuena a todo ese equipo de investigadores de nuestro pasado y en general a la Ciencia por este increíble hallazgo !!

No cabe duda de que este emplazamiento nos va a seguir dando, en un futuro, sorpresas sobre los seres que lo habitaron en el pasado, para que los tengamos muy presentes.


 
 
 

martes, 20 de octubre de 2015

El Homo sapiens llegó a Asia antes de lo pensado

ENÉSIMAS NUEVAS
Alexis Pardillos
Fuente: Nature, SINC

 Mapa de ubicación mundial del hallazgo en Daoxian

Se suponía que el  Homo sapiens había emigrado desde África hasta Asia Oriental hacía entre unos 40.000 y 60.000 años. Estas eran las estimaciones en función de que los restos humanos más antiguos  hallados en aquellas latitudes no superaban los 45.000 años.
Recientemente, un grupo internacional de arqueólogos ha descubierto en la cueva de Fuyan, en Daoxian, al Sur de China, un conjunto de 47 dientes, pertenecientes a Homo sapiens, con una antigüedad de entre 80.000 y 120.000 años, lo cual adelantaría en unos 20.000 años la llegada de nuestros primeros ancestros al continente asiático.

Parte de los 47 dientes encontrados en China. Foto: S. Xing X-J. Wu 
Los dientes, que son algo más pequeños que los encontrados en yacimientos de África, Europa y otras partes de Asia,  evidencian que ya el hombre había llegado a esos confines asiáticos entre 30.000 y 70.000 años antes que al continente europeo. Pero, ¿qué fue lo que impidió o retuvo la expansión de aquellos primeros hombres hacia latitudes más occidentales? El Homo sapiens no llegó a Europa hasta hace entre unos 40.000 a 60.000 años.
Es posible, como barajan algunas hipótesis, que fuera el neandertal el que durante tantos años y hasta su decadencia, defendió a ultranza aquellas tierras, no permitiendo el acceso de otra especie homínida diferente a la suya.
Entre 1925 y 1935 se descubrieron en las cuevas de Skhul  y Qafzeh, en Israel, diferentes restos de homínidos que presentaban una suerte de mezcla fisionómica entre los homínidos más arcaicos y los sapiens modernos. Aquellos restos tenían entre 80.000 y 120.000 años y sus dueños, que se habían desarollado en la cultura Musteriense, se habían expandido  hasta el punto más alejado de su origen, tal y como se pensaba.
El hallazgo de estos dientes en China, conlleva así pues, que no solo llegaron hasta territorios israelíes aquellos primeros homínidos procedentes de África, si no que, en aquellas primeras incursiones, mucho antes de las generalizadas hace unos 40.000 años, aquellos homínidos habían logrado alcanzar el continente asiático, aunque fuese de una manera aislada y diseminada. Es lógico pensar que una travesía hacia el Este sería más llevadera climática y ambientalmente que hacia el Norte, donde encontrarían, aquellos humanos, grandes desiertos y estremecedores inviernos.
 
 
Ubicación geográfica y estratigrafía de la cueva de Fuyan / Imagen: Y-J Cai, X-X Yang, X-J Wu

El estudio, trabajo de, entre otros, la arqueóloga de la Universidad de Burgos, María Martinón-Torres y el experto arqueólogo José María Bermúdez de Castro, fue publicado en la revista Nature el pasado 14 de octubre.
Hay, así pues, que reconstruir, de nuevo el mapa del trayecto seguido por los sapiens en su expansión por el mundo, al menos cronológicamente.

Mapa actualizado de las tempranas y las tardías migraciones. Imagen: Nature
 
Y seguir planteándonos cuál fue el motivo de aquella expansión, si fue debida a circunstancias externas o, por el contrario, un desarrollo notable de las capacidades cognitivas apostaban por la búsqueda de un territorio ideal, como si fuera una quimérica caravana de hombres y mujeres siguiendo, quien sabe, leyendas y mitos, en aquellos prehistóricos y lejanos tiempos del pasado.
 
 
 
 

jueves, 8 de octubre de 2015

Nuevo fósil cocodrilo en el Pirineo Catalán


ENÉSIMAS NUEVAS
Alexis Pardillos
Fuente: ICP, Peerj


Recreación de Allodaposuchus Hulki. Imagen: ICP

Hace unos 69 millones de años paseaban, por el Pirineo catalán de Lleida, con sus enormes y pesados cuerpos acorazados, una especie muy singular de cocodrilos que había surgido muy probablemente de estas tierras, y que convivió con diferentes especies de dinosaurios. Es el Allodaposuchus Hulki, identificado recientemente por científicos catalanes.
En el año 2003 se recolectaban los restos de un enorme cocodrilo antiguo en el pueblo de Orcau, en Lleida. Pertenecía al género Allodaposuchus, pero determinadas características en los restos del individuo, varias partes del cráneo, la columna vertebral, la cintura escapular y las extremidades anteriores,  han permitido a los científicos del Institut Catalá de Paleontología Miquel Crusafont (ICP) y de la Universidad de Barcelona (UB), describir el ejemplar como una nueva especie.
El estudio morfológico y el análisis de las estructuras musculares ponen de manifiesto una especie robusta y pesada con unas extremidades igualmente fuertes para sostener dicha cantidad de peso. La especie no arrastraría el cuerpo y lo mantendría separado del suelo. Por ello, la nueva especie ha sido bautizada con el nombre de Allodaposuchus Hulki, en honor al personaje de la Marvel, el Increible Hulk, que no solo era fuerte, sino que además era verde.
El género Allodaposuchus era endémico de Europa y uno de los más habituales durante tiempos del Maastrichtiense, a finales del Cretácico Superior, probablemente originario de la península ibérica, donde se han encontrado, los más completos restos de diferentes especies. De esta época corresponden casi todos los restos hallados del género, distribuidos además, en Europa, principalmente por Francia y Rumanía.
Los orígenes de la existencia de esta especie coinciden con los últimos días de las especies de dinosaurios no aviares, que cohabitaron en el Pirineo con este cocodrilo.
Pero no solo la musculatura hacía de este ser un animal especial. Sendos orificios descubiertos a ambos lados del cráneo, y que parecen ser una suerte de oídos superfinos, comunicados con el interior por multitud de canales en un laberíntico recorrido, no solo debían agudizar aquel acústico sentido, sino que además minimizaban el peso de la cabeza, para no dotar de sobrepeso al ya de por sí vetusto cuerpo del reptil. Ese oído por supuesto que le permitiría detectar antes a sus presas y le facilitaría ampliamente la existencia.
 
 
Partes del cráneo halladas. Imagen: ICP
 
El género Allodaposuchus, según una reclasificación hecha en 2014, estaría emparentado, así pues, con los actuales gaviales, caimanes y cocodrilos, dentro del orden Cocrodilia.
El trabajo, encabezado por el investigador Alejandro Blanco, Paleontólogo del ICP, que identifica a esta nueva especie cocodriliana, ha sido publicado en la revista científica Peerj y representa un conocimiento más profundo de la fauna que se desarrollaba en nuestro continente allá en tiempos del Cretácico.